martes

Ifni y una obra de arte literaria


Cuando la palabra escrita se convierte en obra de arte, cuando la exposición de los hechos es todo un compendio del buen hacer periodístico, cuando la humanidad sincera del narrador llega más allá de lo máximo exigible, creo sinceramente que no tengo derecho a no hacer público lo que sé, mucho más habiendo estado allí donde el artista de la palabra escrita relata los hechos.

Vaya esta crónica en homenaje a D, Torcuato Luca de Tena, escritor y periodista español, quien la escribió como corresponsal en aquel momento del diario ABC de donde han sido tomadas estas notas.

A B C MIÉRCOLES 22 DE ENERO DE 1958.

Ifni. (Crónica de nuestro corresponsal.)

Este moro viejo, pata de palo, barba rala y canosa, que se ha detenido para cargar su larga pipa repujada, parece sacado de la ilustración de un cuento de piratas antiguos.

Aquel lazarillo de ciego, cubiertas de moscas las llagas de su cabeza, va apartando a mandobles a los niños, para que no tropiecen con su amo, que avanza tras él palpando el suelo al tacto, mano artificial -de su bastón.

Aquí, unos chiquillos descalzos, vestidas las niñas con unos amplios camisones amarillos y floreados, corretean y juegan.

Allí, varias mujeres negras sonríen, sentadas en el suelo, a la puerta. Puerta minúscula, como de juguete de una casa pintada de añil y al sonreír, sus encías encarnadas y la forma de la media luna de su boca semejan un trozo de sandía sobre el ébano lustroso de sus rostros.

Una joven madre lleva una breve joroba bajo la túnica: su pequeño, colgado, a la espalda y oculto bajo la tela azul.

Entre un pliegue de la tela se descubre, como un pájaro pequeño que quisiera escapar, el piececillo de la criatura.

Pasear por el barrio moro, donde pululan en pintoresca promiscuidad árabes, negros y bereberes tocados los hombres con turbante, fez o breves solideos de lana, constituye para el europeo profano un espectáculo lleno de matices, cargado de sugestiones.

En la calle hay bullicio, sol, moscas y polvo, un borriquillo avanza ahora a paso cansino por la calleja es de una raza enana, muy abundante por aquí. A horcajadas en él, un moro, cuyas largas piernas cuelgan hasta el suelo, dormita, mientras su mujer, doblada la cintura en ángulo recto, y colgada del rabo del asno, carga sobre sus espaldas un increíble haz de leña, bajo
el que avanza medio sepultada.
¡Qué pequeños parecen al lado de este viejo y altísimo camello—altiva mirada de miope, gesto de asco por los olores plebeyos que se cruza con la pareja!

Si tuviera una cámara fotográfica la dispararía en este momento preciso para inmovilizar sobre el papel las tres bestias de carga que, desde Suez hasta aquí, utilizan los árabes desde tiempo inmemorial:

El asno, el camello y la mujer.

Una mocosa de pocos años se ha plantado ante mí, admirada por la extravagancia de algo que ella considera insólito: mi atuendo civil.





La perfección de sus facciones me sirve de índice para imaginar la belleza oculta por la túnica de sus hermanas mayores. Éstas no miran nunca a la cara, desvían la mirada o bajan los ojos al paso de un europeo.

Para ser más exacto, aclararé que esta actitud sólo la mantienen a rajatabla si hay hombres de su raza en la proximidad. Si no los hay, sus ojos ribeteados de carbón—único elemento vivo que emerge del huso azul de su túnica- giran curiosos y femeninos.

Y a veces, “si no hay moros en la costa”, mantienen descarada la mirada. (Lahisa, al menos, comprobó prudente, antes de hablar conmigo, si algún indígena la observaba).

Me he detenido ante un establecimiento de baños públicos.

Los baños, según me explican, son al vapor. Sobre unas brasas, encendidas y aromáticas espolvorean agua, y la niebla así creada limpia y purifica la piel, que ha de ser ensuciada acto seguido con unos masajes, ensalada humana a base de aceites y de pimienta.

Al ver a las mujeres ait-ba-amaranis disfrazadas de fantasmas, y a esta impresión fantasmal colaboran también las babuchas, que las hacen andar silenciosa, sigilosamente es difícil imaginar que bajo tan monótona uniformidad pueda caber la algarabía de adornos y colores que llevan bajo la túnica.

En el interior de las casas, incluso de las europeas, donde ayudan a las faenas domésticas, se desprenden de la túnica azul que las cubre desde las cejas hasta los pies y dejan entonces al descubierto su verdadera indumentaria.

Llevan dos faldas: una larga y amplia, de color amarillo limón, y otra corta, superpuesta a la anterior, ceñida sobre las caderas, y de un violento color naranja.

Sobre la blusa cuelgan multitud de abalorios, dijes, dengues y zarandajas de metal repujado, semejantes a los de nuestras lagarteranas. Y desde el cuello, sobre el escote, unos pendientes de sartas multicolores destacan sus brillantes reflejos sobre la piel mate, color de la almendra tostada.

El pelo negrísimo y desrizado es recogido por un pañuelo, a la chacha cubana, y deja al aire las orejas, atravesadas de largos pendientes.

Las más llamativas de las babuchas suelen ser negras con adornos de metal blanco y sartas rojas, azules o violeta.

Así, al menos, eran las de la muchacha ait-ba-amárani con quien mantuve un diálogo harto sabroso. Ignoro si el vocablo “muchacha” puede aplicarse a una mujer de su edad. En ait-ba-amaran (Ifni), si una mujer llega a los quince años sin haber contraído matrimonio se la puede considerar como una solterona de muy difícil porvenir.

Algunas se casan a los once por eso no sé si el decir “muchacha” a Lahisa, que este es el bello nombre de mi interlocutora, no será en realidad algo arriesgado.

Lahisa tiene ya diecisiete años. Estaba yo preparando los bártulos para mi regreso, cuando unos golpecitos llamaron insistentes a la puerta.

Nadie atendía la llamada.

Abrí la puerta.

Ante mí, toda envuelta en su manto azul oscuro, una mujer, y a sus pies una cesta cargada de mejillones.

Comprar mariscos. Son ricos.

Yo no quería mariscos, pero me interesaba dialogar con la recién aparecida. Era muy joven, esbelta y sus ojos ribeteados de carbón se me antojaron heraldos de un rostro fresco y armonioso.

No tengo cocina la dije. No puedo comprar....

Tres pesetas y yo dar muchos, muchos mariscos.

¿Tres pesetas nada más?

Cinco pesetas y yo dar todos.

Pero no tengo cocina.......

Siete pesetas. Son ricos. Un poco de arroz y riquísimos.

Yo nunca había visto regatear subiendo el precio de la mercancía. La muchacha se arrodilló en el suelo, junto a la cesta, y empezó a depositar los mejillones en hojas de papel.

Al mover los brazos, pensé que la túnica que cubría su rostro dejaría algún resquicio por donde descubrirlo pero no fue así.
¿Cuántos años tienes? La muchacha rió antes de contestar.
Diecisiete.

¿Cómo té llamas? La muchacha volvió a reír.

Lahisa.

Escucha, Lahisa. Me dijistes tres pesetas, después cinco, ahora siete. Creo que me estás engañando, si te quitas el velo te veré en la cara si no mientes.

Arrodillada en el suelo, como estaba, Lahisa se agitó súbitamente por un arrebatado ataque de risa.

Se llevaba las manos a la cara, para contener su velo, y se balanceaba de delante a atrás, al compás de sus carcajadas. Después alzó un dedo y lo agitó enérgico, sin dejar de reír.

Eso no estar bueno. Rellenó todo el contenido de su cesta en los papeles extendidos en el suelo y alzó los ojos.

Nueve pesetas y un poco de turrón. Me miraba expectante, segura de su victoria. ¿Era golosa Lahisa o tenía hambre?

La población indígena que convive en nuestra zona se alimenta, no de lo que producen sus montañas estériles, sino de lo que depositan allí nuestros barcos y nuestros aviones.

Si España se fuera de Ifni el hambre se cerniría sobre la totalidad del territorio, como se ha cernido ya sobre la zona en que se encuentran las bandas rebeldes, donde hay ahora más alimentos para los chacales que para los hombres.

Dime, Lahisa, ¿Por qué hay guerra? Su gesto cambió de súbito. Se puso en pie. Miró a un lado y a otro, por ver si la observaban, y me dijo:

Los hombres ser todos malos, tontos, ignorantes. Su expresión era irritada.

No tener ojos, ser ignorantes.

Recogió su cesta, su turrón y su dinero, y dejando la puerta de la pensión sembrada de mejillones, Lahisa se fue sin descorrer el velo de su rostro, pero descorrido ya el velo de su alma.

La misión de un periodista en Sidi Ifni no ha concluido, pero mi labor particular por estas tierras, sí.

El margen de tiempo robado a otras actividades de las que: quien esto firma no puede desertar, ha sido ampliamente rebasado ya.

Si quisiera buscar un epílogo, encontrar unas palabras a guisa de colofón respecto a cuanto aquí ha acontecido, las últimas palabras de Lahisa me serían de gran utilidad.


Un viento malo ha cegado como el “siroco” del desierto los ojos de muchos.

Lahisa me lo dijo mientras unos indígenas pasaban ante mí, turbante en el cráneo, barba en el rostro, mirada indefinida:

¡No tener ojos! ¡Ser ignorantes…....!

Se cruzó con ellos y siguió su camino, airosa, estrecha y esbelta, como una hoja de eucalipto.

Fantasma ait-ha-amarani bajo su túnica azul.......



Torcuato Luca de Tena.

viernes

Edchera y Annual

Hace cierto tiempo que el veterano paracaidista Guillermo Guajardo Fajardo y Chaves (q.e.p.d.), me envió una carta acompañando el libro “El desastre de Annual” como regalo y para que le leyera. En la carta me recordaba la guerra de Ifni-Sahara en la que combatimos y la similitud con la guerra en la que se produjo el desastre de Annual.
“El Desastre de Annual” es un estremecedor relato de aquella tragedia que llenó de duelo y consternación a España. La retirada de Annual, el degüello de las guarniciones españolas, los sufrimientos de los soldados, la inaudita crueldad de los rifeños están recogidos en estas páginas con escalofriante verismo. Doce mil cadáveres españoles quedaron tendidos sobre aquella inhóspita tierra africana. Desde los primeros instantes, la evacuación de Annual se convirtió en una desordenada huida. Jefes, oficiales y tropas escapaban arrebatados por la incontenible avalancha del pánico. Los atacantes mataban a mansalva, asesinaban y torturaban a los fugitivos españoles. Fernández de la Reguera y Susana March narran los hechos con su acostumbrado rigor histórico; funden realidad y fantasía en insuperable síntesis; nos ofrecen inolvidables retratos de soldados españoles; recogen los actos de valor -algunos tan asombrosos como los del cabo Jesús Arenzana Landa-, las tristes cobardías, las desgarradoras escenas de dolor, los heroicos rasgos de ese compañerismo tan español... y consiguen enriquecer estas páginas con una intensidad pocas veces alcanzada.

En su carta, Guillermo me señalaba que tanto él como yo y cuantos combatimos en la ignorada guerra de Ifni y Sahara de 1957/58, posiblemente estuvimos muy cerca de sufrir otro humillante desastre. Si no de tan grandes dimensiones, sí al menos de características similares. Como muestra ahí quedó para siempre el recuerdo imborrable del combate de Edchera. Resulta que tanto Guillermo como yo, procedíamos de La Legión, del Tercio Alejandro Farnesio con sede en Villasanjurjo por aquella época, y nos faltó muy poco en el tiempo, para haber sido encuadrados en la XIII Bandera que combatió en Edchera.

Prácticamente nadie sabe qué ocurrió en Ifni en aquellas fechas.
La gente ni tan siquiera sabe dónde está Ifni. Es de pena. Y nadie hace nada por resolverlo. Los libros sobre el tema son escasísimos, películas no hay, documentales apenas se han hecho, y los pocos NODOS que abordaron el tema no nos sirven por no ser objetivos ni imparciales. Pero os preguntaréis: ¿por qué se habla hoy de esto? Muy fácil. Si prácticamente nadie en España conoce hoy en día nada de la guerra de Ifni, menos todavía se sabe acerca de algunos de sus episodios más sangrientos o, tal vez, más gloriosos de las guerra contra Marruecos. Precisamente el 13 de enero pasado, se cumplieron 56 años de uno de los acontecimientos más duros e importantes de todos los que se dieron durante la contienda: El combate de Edchera.
De los más de 300 muertos y 500 heridos que costó la guerra de Ifni, 48 y 64 respectivamente lo fueron durante una sola jornada (el 13 de enero de 1958) y en un único lugar: Edchera.

Esa tremenda proporción, y el ser todos ellos miembros de una misma Bandera de La Legión (la XIII), dotaron al combate de una significación grandísima que, por otra parte, y lamentablemente, no ha trascendido hasta nuestros días.
Además, por el combate de Edchera se concedieron las últimas Laureadas que ha concedido nuestro Ejército. ¿Cómo fue todo ello posible? Nunca se hizo un juicio crítico. Las Laureadas que se concedieron, sin duda merecidísimas, sirvieron, sin embargo, para ocultar las sombras de las imprevisiones que hicieron posible aquel descalabro.

Sí, apenas nadie hoy en día recuerda la Guerra de Ifni-Sahara. Por lo tanto, aún menos se recuerda el combate de Edchera del que se han cumplido 57 años.
¿Nadie recuerda a aquellos héroes? Bueno, nadie no. Los veteranos legionarios y paracaidistas que combatimos en Ifni les recordamos y, a partir de hoy, también lo harán quienes lleguen a entrar en este blog. Aquellos hombres que dieron su vida por España no tienen a su nombre calles, plazas ni estatuas. A nadie le interesa su recuerdo. Es de pena. Todas las naciones de nuestro alrededor recuerdan con orgullo a sus héroes. Aquí los tiramos a la basura. Y no hablo sólo de los héroes de Edchera. Aquí somos así. Pero bueno, hoy toca hablar de Edchera recordando el Desastre de Annual.

Ya se sabe que sobre el tema de la guerra de Ifni en general,  la bibliografía es muy escasa. Aún así voy a permitirme el lujo de recomendaros algunos libros por si queréis saber más acerca de uno de los temas más desconocidos y turbios de nuestra historia. A mí, personalmente, me gusta Ifni-Sahara La guerra ignorada, que desde sus páginas 251 a 271 nos habla de Edchera.  Y eso sobre la guerra de Ifni en general. Si hablamos acerca de libros referidos a acontecimientos en concreto ocurridos dentro del conflicto, la lista se reduce drásticamente.

Acerca de Edchera, tan sólo se ha podido localizar un libro. Es de vergüenza. No es muy largo, tiene muchas fotos y, aunque de lectura un tanto farragosa, vale la pena. No hay otra cosa si queréis saber de primera mano lo que ocurrió en aquel lugar de infausto recuerdo. Se titula Ifni-Sáhara 1958. Sangriento combate en Edchera.

No hay más que decir. Cada vez somos menos los que recordamos a nuestros héroes, pero algunos quedamos defendiendo el pabellón. A partir de hoy, algunos más seréis los que recordaréis a aquellos soldados españoles que se dejaron la vida en tierra marroquí prácticamente de forma gratuita, pues, como muchos sabréis, aunque la guerra de Ifni no se perdió y nos costó más de 300 muertos, el territorio fue cedido gentilmente a Marruecos, sin pegar un sólo tiro, en 1969. Y el Sahara en 1975. Por tanto, la guerra y sus muertos no sirvieron prácticamente para nada. Se hizo el ridículo, y quizás por eso se pretendió que quedase en el olvido y nadie removiese el tema. Y lo consiguieron, pues el asunto Ifni sigue durmiendo, aún hoy en día, el sueño de los justos.

¡Héroes de Edchera, los veteranos de guerra no os olvidamos!


La Cultura de Defensa.

BOMU
IPS-IMEC-SEFOCUMA
Número 119
Enero 2014
(Boletín interno UNAMU Cataluña)




Si nos preguntáramos si somos patriotas en España y, más en concreto, en Cataluña, la contestación a juzgar por las apariencias en principio se antoja decepcionante.
 En cambio, las encuestas en la calle arrojan un resultado que lo contradice porque tanto las FAS como la Guardia Civil son dos Instituciones de las más valoradas y precisamente son las que cultivan las virtudes militares, por las que llegan a arriesgar y perder la vida en defensa de los ideales que conforman nuestra sociedad; tanto en nuestro suelo como en los lugares más recónditos del mundo, y no recibiendo a cambio más que una modesta soldada de subsistencia. 
Podemos ver a continuación cómo los catalanes, a las órdenes del general Prim, escribieron páginas épicas y demostraron un arrojo sin igual, sacrificando sus vidas por nuestra bandera y lo que representaba y sigue representando. Así que tras esas apariencias de desidia, de aisladas quemas de banderas y las campañas soterradas de incitación al desprecio y al odio, nosotros creemos firmemente que no es la sociedad española menos patriota que la francesa, que cada 14 de julio inunda su capital y sus ciudades con desfiles y homenajes a su bandera, sino que los diferentes son nuestros políticos que, por complejos o por desconocimiento, han descuidado –porque no queremos creer que ha sido deliberado- algo tan importante como es cultivar el amor a la Patria y a nuestra bandera. En consecuencia no tenemos una verdadera Cultura de Defensa, en mayúsculas, como Francia por no ir más lejos, y por eso nos alegramos esta última Pascua Militar cuando en Barcelona se volvió a llevar a cabo un acto de izado de la bandera en la vía pública, frente al palacio de Capitanía, y el Teniente General Álvarez Espejo anunció su intención de prodigar los actos castrenses abiertos al público.

Porque tenemos la seguridad de que si se publicitan debidamente el publico catalán, como los soldados de Prim, demostrarán que son tan patriotas como lo fueron aquellos y que sólo necesitan que se les abran las puertas de los recintos militares para que puedan sentirlos suyos y demostrar por qué valoran la institución militar como la valoran en las encuestas. Que la prensa local emitiera una simple reseña del acto, nos demuestra que no es que no fuera de interés general, que lo fue, sino que las millonarias subvenciones pesan demasiado cuando se trata de que parezca –y demasiados se lo lleguen a creer- que en Cataluña hoy sólo hay un pensamiento único. Que se malograra la entrega de una bandera de combate al nuevo porta aeronaves Juan Carlos I, al parecer porque el político local no estuvo por la labor, es más de lo mismo: no es que no sean patriotas los catalanes sino que precisamente lo que no se quiere desde instancias nacionalistas e independentistas es darles ninguna oportunidad de demostrarlo y mucho nos tememos que demasiadas veces ha habido complicidad o apatía en quienes debían velar por evitarlo. En otros escritos podréis leer las interesantes reflexiones de un general sobre la necesidad y como debe ser un programa que promueva la Cultura de Defensa y, lamentablemente, también encontraréis información del desolador panorama con que se encuentran nuestros militares para cumplir sus objetivos, con buenas palabras, pero sin que se dote a nuestras FAS del presupuesto necesario, algo que es crónico y no sólo por la crisis, mientras que para los profesionales de la política sigue habiendo, desde anecdóticos y reveladores descuentos en los precios de los gintonics de sus señorías y en sus impuestos, beneficios camuflados como dietas y asistencias hasta en la menor corporación local, pasando por coches oficiales para cualquiera y las más variopintas subvenciones no solo a los partidos sino a todo un universo afín de asociaciones, fundaciones y organizaciones que han hecho de la política su cortijo y que superan escandalosamente a los homónimos de Alemania, por ejemplo. 

Con esos recursos dilapidados se podrían satisfacer las necesidades que requiere la Defensa Nacional, así que menos palmaditas y más presupuesto.

Recorte de prensa



Para mejor difusión de este y otros eventos, se recomienda entrar en el blog de Adolfo Cano Ruíz.






miércoles

Otro veterano de Ifni

Josep Ferrándiz, veterano de la guerra de Ifni: "'Tómate unos vinos conmigo', me invitó; Ortiz de Zárate era un hombre exquisito, especial"



A diferencia de Josep Maria Contijoch, que aterrizó en Ifni por cortesía del servicio militar, Josep Ferrándiz García (Barcelona, 1935) llegó al territorio a principios de 1957 con la Segunda Bandera Paracaidista, la Roger de Lauria. Se había enrolado en agosto del año anterior, atraído por la aventura y por los vistosos uniformes que vestían los veteranos del cuerpo, y con la idea de esquivar el destino -montaña en Jaca- que le había tocado en el sorteo de quintos. Una repentina enfermedad paterna lo obligó a regresar a casa justo en noviembre de 1957, a pocos días de estallar la revuelta: se ahorró la invasión y las operaciones iniciales. Su compañía, la 7a, formaba el grueso de la desgraciada columna de Ortiz de Zárate y protagonizó el 29 de noviembre la Operación Pañuelo, el primer salto de guerra del paracaidismo español, sobre la posición de Tiliuin: "Me habría tocado, seguro", dice Ferrándiz. Regresó a Ifni a mediados de diciembre, a tiempo para participar en febrero de 1958 en la Operación Pegaso, la reocupación temporal de los fuertes de Tabelcut y Erkun, una maniobra de distracción para evitar que el Ejército de Liberación trasladara parte de sus efectivos al Sáhara. Ferrándiz ganó en Ifni una Cruz Roja al mérito militar por evacuar desde el frente a un camarada herido. El resto de la guerra lo pasó en misiones de protección de los convoyes que llevaban pertrechos y provisiones al perímetro defensivo de Sidi Ifni, y estacionado en Buyarifen, estratégica posición al norte de la capital: "Dormíamos al raso, y por las noches salíamos a hostigar a los moros", recuerda. "La invasión fue para nosotros una sorpresa. Había habido incidentes en el interior, pero en Sidi Ifni las cosas estaban tranquilas. No se nos permitía entrar en los cafés moros, por precaución, pero sí que pululábamos por el zoco. Armados, por supuesto, porque de aquella gente nunca llegué a fiarme. Todo era 'Paisa, yo amigo', 'Paisa, yo he servido con Franco'... Demasiado amigos, la verdad". Tras la guerra siguió un período de guarnición: instrucción, saltos, marchas y guardias en los puntos estratégicos de la capital: aeropuerto, depósito de agua, central eléctrica... Como se licenció en 1959, todavía tuvo tiempo de desfilar el 1 de abril de 1958, Día de la Victoria, por el paseo de la Castellana: "Fue el primer día que vimos un Cetme".


Ferrándiz se alistó en agosto de 1956; tras la instrucción en Alcantarilla y Alcalá de Henares, fue destinado a la7a compañía de la Segunda Bandera Paracaidista, al mando del capitán Sánchez Duque y donde coincidió con el teniente Ortiz de Zárate. Participó en febrero de 1958 en la Operación Pegaso, la reocupación temporal de los fuertes de Tabelcut y Erkun, donde tuvo lugar el segundo salto de combate del paracaidismo español, a cargo de la Primera Bandera, la Roger de Flor. Fotografía: Presència.


-¿Por qué se enroló en los paracaidistas? ¿Tradición militar, quizás?
-En absoluto. Tenía 21 años y tenía que hacer la mili. Incluso me habían sorteado. Me había tocado montaña, creo que Jaca. En fin, que un día, paseando por las Ramblas, me crucé con un soldado que llevaba un uniforme flamante: todo verde y la boina negra. Me llamó tanto la atención que lo abordé: "Soy paracaidista en Alcalá de Henares", me contó. "Si quieres apuntarte, hay un banderín de enganche aquí mismo". Se refería al gobierno militar, que está al final de las Ramblas. Y para allí me fui, sin pensármelo dos veces. Y en agosto de 1956 estaba en Alcalá. Tenía 21 años.

-¿Cómo se había ganado la vida hasta entonces?
-En un taller de marroquinería donde fabricábamos bolsos y maletas de cuero. La instrucción la impartían en Alcantarilla, Murcia, donde se encontraba la escuela de paracaidistas, que había abierto en 1954; nosotros casi estrenamos las instalaciones. El artífice fue el comandante Pallás Sierra, que procedía de la Legión -como la mayoría de los primeros paracaidistas. 

-¿En qué consistía la instrucción?
-El ejercicio básico consistía en saltar desde la torreta, que era lo que su nombre indica, una torre metálica desde la que tenías que lanzarte como si llevaras puesto el paracaídas. Te dejaba sin respiración y las primeras veces impresionaba de verdad. Sólo cuando dominabas este ejercicio te permitían saltar desde el aire. Superado el cursillo te daban el roquisqui, el emblema de la bandera, unas alas con el paracaídas desplegado en el cuerpo central. Todavía lo llevamos en la americana.

-¿Había muchos catalanes, en los paracaidistas?
-Muchos. Y la mayoría éramos civiles, aunque claro, también había muchos legionarios: Ortiz de Zárate, que era mi teniente; el capitán Sánchez Duque, el también teniente Calvo Goñi...

-¿Cuántos años permaneció en el ejército?
-Tres: me licencié en agosto de 1959. Llegué a Barcelona y claro, no me apetecía reincorporarme a mi antiguo oficio, así que a través de un conocido de mi padre que trabajaba en el Banco de Bilbao ingrese en el banco, donde me quedé hasta la jubilación.

-¿Cómo y cuándo llegó a Ifni?
-Yo pertenecía a la 7a compañía de la Segunda Bandera Paracaidista, la Roger de Lauria. Al mando estaban el capitán Sánchez Duque y el comandante Pallás Sierra. Llegamos al territorio meses antes de que estallase la guerra; debió ser hacia enero de 1957. Así que cuando la cosa se puso fea ya éramos unos veteranos. Habíamos estado de guarnición en gran parte de los fortines de interior. Al capitán lo apreciábamos, a pesar de que venía de la Legión y había estado en la División Azul. Era un tipo de una pieza, como Dios manda: duro y estricto, pero un padre para nosotros.

-¿Cuál era la rutina diaria prebélica?
-Instrucción y saltos. Recuerdo una marcha a pie casi hasta la frontera con Mauritania, y un salto sobre Tiliuin. Con el calor que hacía nos habíamos terminado el agua de las cantimploras mucho antes de llegar e íbamos cayendo como moscas. El capitán mandó venir a los camiones desde Sidi Ifni para recoger a los que no podían continuar. Y la bautizó como la marcha de los hombres lechuga.

-La invasión del 23 de noviembre, ¿dónde lo sorprendió?

-Dio la casualidad de que pocos días antes el teniente García Andrés, el Bigotes, me hizo llamar: resultó que habían recibido un telegrama desde Barcelona, y que mi padre estaba muy enfermo. El caso es que me dieron permiso para ir, 45 días, aunque la cosa se estaba poniendo fea y se veía venir que habría jaleo. Tuve que espabilar para encontrar vuelo: le expliqué el caso a un capitán que estaba a punto de despegar con su Heinkel hacia las Palmas, y me hizo un hueco... ¡en el depósito de las bombas! Y me puso una condición: que levara conmigo mi paracaídas.

-Así que se perdió la guerra, como Cómodo cuando llega a Germania...
-Una vez en Barcelona vi que mi padre estaba grave, pero como no se podía hacer nada me volví al cabo de unos días: de Barcelona a Sevilla, de Sevilla a Málaga y de Málaga a las Palmas. Ya había empezado el follón y allí es donde me enteré de que habían caído el teniente López de Zárate y el cabo primero Civera Comeche, compañeros míos. Si no hubiera ido a Barcelona hubiera estado en esa misma acción, porque fue mi compañía a la que ordenaron socorrer a los sitiados de Tiliuin. Después de la emboscada pudieron refugiarse en el fuerte, y fue allí donde Sánchez uque dirigió el primer salto de combate del paracaidismo español. Me perdí las dos acciones, pero no la guerra: como no consumí todos los días de permiso, llegué a tiempo de ver a Carmen Sevilla y a Gila.

-¿En qué operaciones participó?

-Sobre todo, convoys para llevar pertrechos y alimentos a los que combatían en primera línea. En uno de ellos estalló una mina justo después de pasar mi camión. Dieron al que iba detrás de nosotros, y resultaron heridos un teniente y un soldado. También tomamos parte en el salto sobre Erkun, el segundo de la guerra y de la historia de los paracaidistas, en la Operación Pegaso.

-Recuerde esa acción.

-Lo pasamos realmente mal. Los que estuvimos en el fregado fuimos la 6a Bandera de la Legión, un tabor de Tiradores y las dos banderas paracaidistas. Se trataba de limpiar los reductos que quedaban. La Primera Bandera tenía que saltar, y los otros avanzar por tierra. La Legión sufrió bastantes bajas. Iba al lado del capitán Sánchez Duque, y en un momento dado cayó herido un compañero que no era de mi compañía; debía ser de la 6a o de la 8a. El caso es que como no había ningún sanitario ni ningún mulo, el capitán me ordenó evacuar a aquel hombre. Yo solo. Tenía la sensación de que en cualquier momento aparecería un tío y nos dejaría secos de un tiro, pero no, tuvimos suerte y pudimos llegar a nuestras líneas. Una vez en Sidi Ifni, en el cuartel, cuando me quité el traje de faena tenía toda la espalda del mono empapada de sangre de aquel pobre tipo. Ya de vuelta a la Península, el capitán hizo una gestión y me concedieron la Cruz Roja al Mérito Militar. Debió de ser de las últimas, porque la Roja sólo se da en tiempos de guerra; en tiempos de paz es blanca.

-¿Hicieron prisioneros?
-Creo que sí, porque conservo fotografías del estado mayor en que se ve un grupo de hombres con chilaba, aunque al encargarme del herido perdí contacto con la compañía. Se los trataba correctamente, pero también le diré que en los primeros días, cuando empezó el sarao y se decretó el toque de queda, pobre del que pillábamos por la calle: se arriesgaba no diré que a un tiro, pero si a un buen palo.

-¿Y después de Erkun?

-Lo gordo ya se había terminado. Lo de después fueron simples escaramuzas. Estuvimos una semana por la parte de Buyarifen, durmiendo al raso, sin tiendas de campaña ni nada; por la noches hostigábamos al enemigo. Existe una fotografía donde se nos ve hechos unos zorros, más sucios que la tiña, después de una semana sin agua: sirvió de portada para Guerra de Ifni: las banderas paracaidistas, el libro de Alfredo Bosque Coma. Luego, rutina: vigilancia del aeropuerto, del depósito de agua y de la central eléctrica.

-Para los que estaban en Ifni antes del 23 de noviembre, la guerra, ¿se veía venir?
-La verdad es que los meses anteriores hubo mucha calma. Si que tuvimos el incidente de Igurramen: el 16 de agosto la 6a, la 7a y la 10a compañía salimos de marcha hacia Mesti, y al llegar a cierta colina desde lo alto nos atacaron con fuego de ametralladora. Fueron los primeros tiros Ifni, que yo sepa; no sé si en Cabo Juby ya habían tenido algún encontronazo. En las calles de Sidi Ifni se respiraba una calma por lo menos aparente; no entrábamos en los cafetines porque no lo teníamos permitido, pero sí en el zoco. Aunque no iban armados, no nos acabábamos de fiar. Lo cierto es que se te acercaban y todo era: "Yo, amigo, yo he servido con Franco, yo no sé qué..." Todos eran muy amigos. Demasiado, incluso. Nunca me gustaron.

-Pero la invasión, ¿se veía venir? ¿O los cogió desprevenidos?
-A mí de dejó de piedra. Nunca me lo había imaginado. Y por lo que parece hubo un chivatazo, que si no, nos cogen en pelotas.

-¿Se quedó en Ifni, tras la guerra?

-En abril de 1958 fuimos a Madrid para el desfile de la Victoria. Nos dieron una semana de permiso y a la vuelta al cuartel, en Alcalá, el teniente coronel Crespo del Castillo nos comunicó que algunos de nosotros se quedarían en la Península y otros volverían a Las Palmas. A mí me toco Las Palmas. Me quedé en las Reollas hasta que me licencié, en 1959.

-¿Por qué se licenció?

-Había visto suficientes desgracias.

-¿Qué opinión le merece el equipo con el que combatió el ejército español en Ifni? Se dice que hubo soldados que calzaban alpargatas de esparto.

-Quizás en la Legión. Nosotros, seguro que no, porque usábamos las botas de salto reglamentarias; la de paseo era una bota de lona, con suela de goma, muy práctica. Nada de alpargatas.
-Pero, ¿vio usted a legionarios con alpargatas?
-No lo recuerdo; quizás en el Sáhara.

-¿Y las armas? ¿Usaban todavía el Máuser?

-El Máuser no era mal rifle, el arma personal de 7,92 milímetros... Pero era un Máuser. La ametralladora era una buena arma, y del subfusil, creo que era el Z45, lo que fallaba era el culatín; luego estaban las granadas de mano, que eran de baquelita. El problema es que los americanos sostenían que como aquella era una guerra colonial no podíamos utilizar su armamento, mucho más moderno. Lo único de origen yanqui que usábamos era el casco.

-¿Llegó a ver desplegado el Cetme?

-Nos lo repartieron en el desfile de la Victoria, pero no llegamos a disparar jamás un tiro.

-La sensación que tenían, ¿era que estaban bien entrenados y bien pertrechados?
-Creo que sí. Y tanto los mandos como los soldados estuvieron a la altura. Por lo menos, los paracaidistas. Porque yo he visto a legionarios desertar.

-¿Echó de menos algún tipo de armamento?

-Los Heinkel nos fueron de mucha utilidad, pero creo que fue el último día en Erkun, precisamente, que nos bombardearon... ¡a nosotros! Conservo una espoleta que me quedé como recuerdo. Y luego estaba el Canarias, que pegaba unos zambombazos tremendo y tenías el resquemor de que le hubieran dado las coordenadas erróneas y el pepinazo cayera sobre nosotros.

-¿Cuántos saltos realizó?

-Diecinueve.

-¿Algún   recuerdo  especial  de  Ortiz de Zárate?

-La 7a compañía de la Segunda Bandera, que era la nuestra, fue de las que más sufrió, aunque todos los paracaidistas tuvimos bajas. Él era un hombre espléndido, que venía de familia de militares. Recuerdo una guardia, yo estaba en la puerta del cuartel y oigo que me llaman: "Ferrándiz, ven un momento". Era Ortiz de Zárate. Entro y me encuentro en la mesa dos botellas de Rioja y dos vasos. "Tómate unos vinos conmigo, me invitó. Un hombre exquisito, diferente.

-Desde que regreso del permiso para ir a ver a su padre enfermo, ¿volvió a la Península en alguna otra ocasión?

-Los permisos se acabaron con la guerra. Estábamos en Ifni como quien dice arrestados.

(Esta entrevista se publicó extractada el 1 de junio de 2007 en el semanario Presencial)

martes

El pater Cabrera en Ifni

Por José Luís González Vicente. 

 Una edad de veintidós añitos, haberte escapado de casa, apuntado a las Banderas Paracaidistas y verte en Ifni en misión de Guerra, sin haber visto un fusil en toda tu vida, eran motivos más que suficientes para “pasar” del tema religioso, de la trascendencia del hombre “ y todo eso”. 
 Pero............ allí estaba un hombre, Teniente Paracaidista que se distinguía de los demás por el atuendo y cometido. Era el Capellán D. Pablo Cabrera Arias, un tío echado palante, siendo un adelantado que un día dijo a los paracaidistas: "Muchachos, tened cuidado, no sea que de tanto bajar del cielo se os vaya a olvidar la forma de subir a él ". 
Por eso, creo que sería una tremenda injusticia olvidarnos en los días de su excelente labor desarrollada en Ifni, ayudando a todos en los momentos más graves, estando allí donde quedaban tendidos sobre el terreno nuestros compañeros heridos, poniendo bálsamo de paz y tranquilidad cuerpos y almas a muchos de nosotros. 
Vayan pues, para Vd. Padre Cabrera, aún vivo gracias a Dios, estas líneas de un paraca excombatiente, que una vez se confesó con Vd. en un almacencillo del patio de entrada del acuartelamiento, y no me echó la bronca ni nada, a pesar de lo que le dije. 
Desde muy joven pude comprobar la gran labor, por desgracia poco conocida y también poco valorada, de los sacerdotes; una labor callada y silenciosa que no goza de grandes titulares entre otras cosas porque ellos huyen de la publicidad, se limitan a servir al prójimo sin ningún tipo de interés, porque con toda certeza, hay gran razón en aquella frase: "...(la fama es la calderilla de la gloria”). 
Un altar que llega donde el cielo: Puedo afirmar que siento un inmenso orgullo y me siento honrado de ser amigo, me considero como tal, del hoy coronel capellán paracaidista Pablo Cabrera Arias. 
Como persona se merece el calificativo de "gran" y como ministro de Dios, un verdadero ejemplo, como lo avala el enorme cariño que cientos y cientos de paracaidistas sentimos por el "Pater Cabrera ", como cariñosamente le conocemos. 
Atrás quedan los más de cincuenta años cuando en aquellas tierras de Ifni, el entonces joven teniente paracaidista, capellán de las Banderas Paracaidistas, acaparaba páginas de prensa y revistas por ser una auténtica revelación: el primer sacerdote paracaidista que saltaba desde los viejos "Junkers". 
Los elogios a este sacerdote quizás cobran mayor grandeza cuando se reflejan en los medios de comunicación y lo ratifican las plumas de prestigiosos periodistas, como fue este artículo: "...El padre Cabrera es considerado, porque lo creían o creen, nacido de un dios o diosa. 
Nada tiene que ver con idólatras o politeístas este "héroe" con sotana es el Pater Cabrera, y para él su ídolo son los semejantes y, en cuanto a Dios, sólo conoce uno. Para él los soldados son de España y el capellán es soldado de Cristo. Las armas de los valientes soldados son fusiles o metralletas. Las armas de un sacerdote, el breviario y un crucifijo...". ("El Noticiero Universal", 13 diciembre 1957). 

El primer salto. Aquel memorable día en que el padre Cabrera, entonces un joven teniente capellán, realizó su primer salto paracaidista en la Escuela Militar de Paracaidismo de Alcantarilla, fue un 30 de octubre de 1956; allí había mucha expectación por ver a este curita cómo saltaba desde el "Junker", cuando llegó a tierra era recibido por el entonces Tte. Coronel Ignacio Crespo del Castillo, jefe de la agrupación de Banderas Paracaidistas del Ejército de Tierra, y tanto él como todos los paracaidistas presentes, con gran alegría, pronunciaban en alta voz: "¡Es usted un jabato Pater!". 
Cuando se cumplieron los tres años de la creación de las Fuerzas Paracaidistas del Ejército de Tierra, el 23 de febrero de 1957, para dar realce a esta memorable fecha el Tte. Coronel jefe de dicha agrupación de Banderas Paracaidistas ordenó que todos los paracaidistas presentes en Alcalá de Henares se lanzasen, y que en la misma zona el Pater Cabrera oficiara la Santa Misa. 
Lo que nadie se imaginaba era lo que momentos después iban a ver, era algo inédito, y creo que no habla sucedido todavía en ningún lugar del mundo: Todo un altar que cae del cielo. 
Llega el momento del lanzamiento y el entonces Tte. Capellán Pablo Cabrera, se lanza al vacío, pero no sólo con el paracaídas, unido a él portaba en el pecho un "altar portátil". Nada más llegar a tierra, los ojos de los presentes comprobaron que el padre Cabrera montaba el "altar", que era un "neceser con trípode", instalándolo a continuación y allí mismo celebrar la Santa Misa, donde numerosos oficiales y soldados paracaidistas escuchaban con devoción y recibían la sagrada Comunión, los mismos que se hablan lanzado con el Tte. Capellán Pablo Cabrera Arias. 
Salvando vidas en pleno fragor de la batalla. "...El soldado Manuel Perigüeña lo destaca, afirmando que le debe la vida al capellán.... Fui herido en el muslo por una bala sin salida, no podía seguir a mis compañeros. En aquel momento se lanzaron los moros a coparnos, y yo, imposibilitado, quedé rezagado. 
El sacerdote se dio cuenta de mi difícil situación, sin importarle las balas que silbaban y rebotaban a nuestros pies, se puso a auxiliarme y con las fuerzas que Dios le concedió para tan buena acción, me echó sobre sus hombros, desafiando el fuego enemigo que se ensañaba con nosotros y me libró de una muerte cierta. 
El comportamiento del Padre Cabrera no se limitó a mí. En lo más duro del combate estaba en todos los sitios atendiendo a todos; todos estamos admirados de su generosidad y valentía. Yo le debo la vida, para otros, el consuelo de verse asistidos en aquellos graves peligros. 
Prescinda usted, si quiere, hablar de nosotros, pero, por Dios, que conozca España la abnegación que encierra el alma de este ministro de Dios...". (Fernando Ors, "El Alcázar", diciembre 1957). 
El valor y la entrega a los demás del Padre Cabrera, no sólo quedaba patente en el reportaje de este periodista, otro medio de comunicación así lo relataba: "...Agustín García Pérez, un cabo paracaidista de la II Bandera, resultó herido de un tiro en la tibia; él cuenta cosas interesantes y heroicas. 
Tiene el recuerdo emocionado para el Padre Cabrera, capellán de su Bandera. 
En una emboscada del enemigo, caen dos soldados; uno muere y el otro queda herido. Pero al capellán Pablo Cabrera no le amedrenta la lluvia de balas, va decidido a auxiliarles pero el otro es alcanzado por fuego enemigo. 
Es la muerte heroica de un hombre, al cual el heroico capellán quiso salvar el alma y el cuerpo...". (Revista "Fotos", enero 1958). La perfecta imagen del padre Cabrera Arias es un reflejo de este escritor: "...El que vive en su Patria y aprende a conocer a Dios y a sí mismo, no tiene necesidad de buscar nada más...". 
(C. Harvie).*


domingo

La Infantería Española

Cuando algunas personas leen una novela de historia, o simplemente estudian el pasado de España, a veces ignoran que los ejércitos que lucharon y defendieron lo que ahora es España, están compuestos por personas anegadas y entregadas a dar su vida por la patria.

Quien no haya sido soldado porque la mili ha desaparecido o se declararon objetores, quizá ignore lo que es sentirse amo del mundo a pie y sin dinero.
En otra época, cuando yo combatí en Ifni contra los moros durante muchos e interminables dí­as de conflictos guerreros, se nos decí­a que el oficio más bello era el de infante, siempre a pie y sin un duro en los bolsillos, calados hasta los huesos por el sudor del calor sahariano y con el estómago más bien frí­o; en la vista, ni una sola nube presagio de agua y en el dedo que oprime el gatillo, un cierto deseo de acabar con el enemigo.
Estos hombres, para tener la moral siempre muy alta, tienen desde hace muchos años un precioso himno que en sus desfiles y paradas cantan al uní­sono con el corazón que se escapa de sus bocas.

Dentro de la Academia de Infantería, se gestó el Himno que ha acabado siendo el de toda la Infantería española. En 1907, el Coronel Villalba, Director de la Academia, encomienda al cadete D. Fernando Díaz Giles la composición de la música adecuada para la letra Auras de Gloria escrita un año antes por otro cadete, D. Ricardo Fernández de Arellano, para ser interpretado por el orfeón de alumnos. Finalmente, acabó estrenándose el 8 de diciembre de 1909 con motivo de la festividad de la Patrona de Infantería. La letra, con el título Auras de Gloria, no complace a Díaz Giles, que dos años más tarde encarga a los hermanos Jorge y José de la Cueva, amigos suyos, la composición de una nueva letra, Ardor Guerrero, que acabará siendo el Himno de todo el Arma de Infantería.

Por resolución número 500/10178/2003, de 5 de junio BOD. Nº120, del General de Ejército Jefe del Estado Mayor del Ejército de Tierra, se declara como Himno Oficial de Infantería, el actual Himno de la Academia el cual data de 1911 y cuya letra es la siguiente:

“Ardor Guerrero vibre en nuestras voces.
Y de amor patrio henchido el corazón.
Entonemos el Himno Sacrosanto.
Del deber, de la Patria y del Honor.
¡Honor!
De los que amor y vida te consagran.
Escucha, España, la canción guerrera
canción que brota de almas que son tuyas
de labios que han besado tu Bandera.
De pechos que esperaron anhelantes
besar la cruz aquella
que forma con la enseña de la Patria
el arma con que habrán de defenderla.
Nuestro anhelo es tu grandeza
que seas noble y fuerte.
Nuestro anhelo es tu grandeza
que seas noble y fuerte
y por verte temida y honrada
contentos tus hijos irán a la muerte.
Y por verte temida y honrada
contentos tus hijos irán a la muerte.
Si al caer en lucha fiera
ven flotar
victoriosa la Bandera
ante esa visión postrera
orgullosos morirán.
Y la Patria, al que su vida
 le entregó,
en la frente dolorida
le devuelve agradecida
el beso que recibió.
El esplendor y gloria de otros días
tu celestial figura ha de envolver
que aún te queda la fiel Infantería
que, por saber morir, sabe vencer.
Y volarán tus hijos ansiosos al combate
tu nombre invocarán.
Y la sangre enemiga en sus espadas
y la española sangre derramada
tu nombre y sus hazañas cantarán.
Y éstos que en la Academia Toledana
sienten que se apodera de sus pechos
con la épica nobleza castellana
el ansia altiva de los grandes hechos
te prometen ser fieles a la historia
y dignos de tu honor y de tu gloria.”





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