miércoles

Los enemigos de la verdad

Legionarios muertos en Edchera- Sahara.

"La historia nunca podrá ser completamente fiel a lo que escribe la gente".
Al cabo de los más de cincuenta años que terminara la guerra de Ifni-Sahara; una guerra de la que fuimos testigos muchos veteranos paracaidistas, legionarios y combatientes de diferentes regimientos que aún vivimos y que sufrimos los ataques del ejército marroquí, y que a pesar de todo cuanto se ha escrito y publicado sobre ella, es muy triste que todavía hubiera hará unos cuatro años, quien por ignorancia y con mentiras, cuestionara algunos de sus hechos más conocidos.

Como ejemplo, sirva que alguien de la mano de una publicación afín (no merecen que cite sus nombres), asegurara en Internet, que en el número 121 de la revista "La Aventura de la Historia" en su sección de "Las fotos de la Aventura" se incluían unas fotografías impresionantes (que nunca llegaron a ver por inexistentes), del “fusilamiento de un prisionero marroquí” por las tropas españolas en la guerra del Sidi-Ifni.

Ellos, unos declarados enemigos de la verdad y además y es lo más grave, unos desconocedores totales del ejemplar comportamiento de las fuerzas armadas de España en todas las misiones en el mundo entero y en Sidi-Ifni en particular, tomaron esa supuesta y tendenciosa información y la subieron a uno de tantos enlaces en los que quien se siente aludido, puede responder, iniciándose así un "diálogo de besugos" que nunca lleva a ninguna parte.

Lo importante, es decir aquí que gracias a la aportación del veterano paracaidista J.L.G. Vicente, quien nos deja constancia de que en algunos casos, fueron los propios marroquíes quienes realizaron actos inhumanos contra su propia gente.

A continuación, he aquí un breve recordatorio que aporta nuestro veterano paracaidista, que titula: LOS HERMANOS MOROS asesinos de los suyos; un párrafo extraído del libro Ifni-Sahara LA GUERRA IGNORADA de Ramiro Santamaría. Pag. 84


“Los policías indígenas se portaron también bravamente. En una descubierta al poblado de Tiugsá (Ifni) se encontró el cadáver, había sido asesinada, de la esposa del enlace Bachir que, al parecer, había salido de su casa para atender el ganado; sus cuatro hijos, el mayor de ellos de 6 años, rodeaban el cadáver. Se optó por llevar a los niños al puesto, donde fueron atendidos maternalmente por las escasas mujeres españolas que en él había. Se tropezó con el problema de que un niño de cuatro meses sólo se alimentaba con leche, de la que se carecía. Se solicita el producto. Aquella misma noche un "Junkers" tripulado por el teniente Iturrate y el sargento mecánico Trillo, lanza, entre otras cosas, un fardo de paja en cuyo interior había varias docenas de botes de leche...”

Este es sólo un pasaje de la guerra de Ifni, pero con ello queda todo dicho, esperando que ese alguien aprenda algo de la historia y del leal comportamiento de los soldados al servicio de España.

lunes

Recuerdos


Adolfo Cano Ruiz

 Tiradores de Ifni, IV Tabor, 23 CIA.
 1957-1958

 Recuerdo el día que aparecieron en la montaña, en aquella primera línea que se había establecido en el Bulalam (pequeña cordillera que hacia como de muralla defensiva de la capital Sidi Ifni)  eran chavales como nosotros, reclutas llegados de la península,  a reforzarnos, nosotros ya curtidos en fuego enemigo, llenos de miseria, sucios. El aspecto no debía ser muy alentador y así se reflejaba en los rostros de aquellos, al vernos. Eran una compañía, según recuerdo del batallón Soria nº 9 recién desembarcados, yo los veía  como a “niños” cuando éramos  de la misma edad pero seguramente nosotros en tan solo cinco días (del 23 de noviembre al 28) habíamos envejecido

 Eran los días finales de noviembre, los moros habían tomado posesión del 90% del territorio de Ifni  y de una forma esporádica no lo hacían saber con algún que otro disparo de mortero  y  alguna ráfaga perdida. Era como decir, “yo estoy aquí  si queréis algo venir”. Que extraña guerra aquella!    

 Venían a reforzarnos, y lo hicieron, reclutas de reemplazo prácticamente de sus casas a primera línea, sin ninguna preparación. . Ocuparon el flanco derecho, un montículo enfrente del cual había otro y en lo alto (como siempre) algún que otro moro, que por su situación estratégica era difícil el tomar  la cota. Dos días después de la llegada de aquellos reclutas, yo estaba de guardia  de donde se divisaba toda la vaguada y vi., recién llegados, como aquellos chavales sin ninguna experiencia subían la ladera con fuego enemigo, vi como caían muertos o heridos hasta conseguir la cota. Verdadero crimen de estado,

Ha pasado mucho tiempo y aun recuerdo aquellos chavales como yo, llegados a primera línea vestidos casi de "domingo" y que también como yo, unos días después con la rapidez que da la guerra, por la supervivencia habrán aprendido a sobrevivir, matando para no serlo uno mismo, habrán aprendido a casi no comer, ni beber, a poco dormir, en el suelo, teniendo como almohada la mochila con granadas de mano (las reglamentarias) y a convivir amigablemente con los piojos y las pulgas amen de serpientes y alacranes, aun sin alambradas y los moros enfrente

 La Guerra de Ifni junto Annual   fueron la mayor "chapuza" militar del siglo XX…  

 Era el final de noviembre de 1957 (aquel final de noviembre tuvo mucho movimiento de tropa llegados de la península). Estábamos en la montaña desde el primer día del conflicto, ya se había establecido una primera línea "provisional" y aunque todo era muy duro, parecía que había una cierta relajación en lo de combatir. Seguían esas guardias de dos horas, (dormir 2 horas, guardia 2 horas) que cuando te tocaba sustituir a los centinelas avanzados a 50 m. fuera de primera línea, se tenía que hacer con cierta cautela, porque el agotamiento hacia que alguno, aun con el miedo ante aquella peligrosa soledad, se quedase dormido con el dedo en el gatillo y cuado llegabas sigiloso al relevo tenias que  hacerlo con mucha precaución, ya que en su despertar, sobresaltado, podía ocurrir de apretar el gatillo.

 Éramos pocos para cubrir mucha línea. Por ese tiempo, vino la VI Bandera de la Legión, que vimos con alegría desde la montaña como entraban, con ese marcial paso de legionario, hasta el acuartelamiento de Tiradores. El hecho nos subió la moral. Posteriormente nos dimos cuenta que la mayoría eran reclutas sin ninguna preparación (Seguramente por la urgencia de mandar tropa de refuerzo).

 Era…el día 30 de noviembre. Se nos acerco el sargento (la 23 compañía del IV Tabor de Tiradores, el sargento creo recodar que se llamaba Otero) pidiendo voluntarios para bajar al pueblo y aunque uno sabia aquello de "voluntario ni a una paella" el salir, aunque fuese un rato de aquella horrorosa posición, me hizo dar el paso al frente. Sin saberlo, se estaba organizando la operación Netol para liberar el puesto avanzado de T´Zelata. Nos bajaron en un camión hasta las caballerizas, allí nos asignaron un mulo a cada uno cargado con armamento pesado al que había de subir al puesto de mando en la montaña.

 Yo sabía que existían los mulos, pero nunca había tenido contacto con alguno, menos aun hacerme cargo de él y conducirlo hasta el puesto de mando. Mejor me hubiera quedado, pues aquello para mí fue muy "jodido".

 Se habló que algunos se dieron un tiro en un dedo del pie para salir de allí (por el número, hizo sospechar al mando militar que investigaron)

 Salimos al día siguiente 1 de diciembre, muy de mañana, nos dieron la guarnición completa, una cantimplora de agua, una lata de sardinas, otra de carne, unos botines de tela con suela de esparto, la guarnición completa eran 20 o 25 Kg. a la espalda y adelante. Nos dijeron que íbamos a liberar a nuestros compañeros sitiados. Se formo una columna de rescate importante, el IV Tabor de Tiradores la VI Bandera de la Legión la I Bandera de Paracaidistas dos compañías  de Soria  9 una sección de zapadores  del Regimiento nº6 Sanidad y Transmisiones. Recuerdo al comandante cura de Tiradores que cuando nos disparaban los moros y la columna se resguardaba, él quedaba alguna vez de pie gritando "¡Cerdos!... ¡Cabrones!"

 La resistencia del cuerpo humano es, en muchos casos, desconocida y también los cambios de mentalidad ante el llamado espíritu de supervivencia, donde uno mata hasta con rabia y un cierto contento de no haber sido él el muerto


Los 20 Kg. cargados a la espalda se convirtieron a la primera hora de marcha en una carga insoportable, pero ocurría que cuando sonaban los "pacos" (se decía así por el sonido del disparo, "PAM" cuando te disparaban y "CUM" cuando pasaba por encima de la cabeza. Las balas peores eran las rebotadas que sonaban como "abejorros" y hacían mucho destrozo) desaparecía el cansancio y con gran agilidad se buscaba uno un sitio para atrincherarse hasta que se limpiaba la zona por la compañía de vanguardia o retaguardia.

Recuerdo algo que, dentro de mi propia batalla por eliminar de mi mente aquel  nefasto pasado, por higiene mental, no conseguí borrarlo, recuerdos que quedaron agazapados en un rincón y con el tiempo hacen acto de presencia. Es algo que, aun hoy, conservo aquella visión y escucho aquellos gritos

 Fue de vuelta a Sidi Ifni, una vez recuperado lo que quedo de la sección de Ortiz de Zarate y su cuerpo, los puestos de Telata y Tiliuin (estos puestos al marchar se dinamitaron) los moros seguramente estaban “cabreados,” y asediaban a la columna con mas frecuencia, incluso con fuego de mortero (estos disparos son “jodidos” porque no sabes donde caerá)

Fernando  Travieso  Hernández   de la 23 compañía estaba a un centenar de metros de mi, un proyectil de mortero explosiono cerca de Fernando, por la deflagración yo caí de espaldas sobre unas rocas produciéndome una rotura fibrilar con un gran derrame en la parte posterior del muslo derecho, Fernando  tuvo menos suerte sus gritos de dolor eran desgarradores, al acercarme cojeando lo que vi, es lo que no puedo olvidar Fernando estaba en el suelo con el vientre abierto y los intestinos visibles sus gritos de dolor resonaban en la vaguada aquello era dantesco. Llegaron dos sanitarios que poco o nada pudieron hacer y lo depositaron en un camión.

El eco de la vaguada quedo con sus gritos de dolor y de muerte  y yo con  el recuerdo escondido en algún rincón de mi mente seguramente ayudado por mis veinte años fuera de España. Aflora ahora, a mi desgracia, por haber acudido un día  a una comida de veteranos, que aunque me aburrieron escuchando su guerra particular en Sidi Ifni donde ciertamente lo habían pasado mal, pero era “otra guerra” fueron los que me abrieron la puerta de recuerdos que debieron quedar ocultos en mi memoria. Lo siento por mí, pero en el fondo me alegro por la Historia


miércoles

XIII BANDERA Edchera 1958


XIII BANDERA Edchera 1958


Aquel enero de 1958 enterramos a muchos legionarios muertos por la traición de unos cobardes llamados Ejército de Liberación Nacional (ELN). Unos que pretendían liberar al pueblo marroquí de la colonización española pero que, para combatir, se ocultaban entre sombras y emboscadas.
De aquello ya va algo más de cincuenta años y hoy por hoy, cada noche recuerdo sus caras y me maldigo a mi mismo por vivir maltrecho y mullido en una silla de ruedas. Debería de haber muerto con vosotros aquel día y no aquí, inútil y aburrido sintiendo la vergüenza de que limpien mis heces cada mañana.
Recuerdo aquel trágico y glorioso día en la XIII Bandera Independiente de la Legión Española. Pertenecíamos a la VII Bandera de la Legión y veníamos de Larache a dar apoyo a la XIII Bandera. Junto a nosotros vinieron muchos amigos que se ofrecieron voluntarios por la gloria del cuerpo y de España. Algunos mandos también se ofrecieron al caso, como el Tte. Gamborino del cual tengo muy buenos recuerdos igual que de todos mis compañeros. En especial de ti amigo mío, mi binomio de combate: El Legionario Alfredo Pérez de la Cruz, nacido en Ávila. Compañero, cuanto te he echado de menos durante estos años. No he dejado ni un instante de recordar aquellos buenos momentos en la Legión y nuestras juergas junto a Sánchez y el Cabo Belmonte.
Amigo mío yo tenía que estar a tu lado. Perdóname por esta ofensa, pero tal vez Dios, lo quiso de esta manera. O al menos eso creo yo, porque es lo único a lo que me he aferrado en estos años. A su voluntad y a los buenos recuerdos de aquellos días.
¿Te acuerdas amigo mío de lo alegres que marchábamos el día que nos destinaron a la XIII Bandera? Menudo orgullo teníamos en el pecho. Entraríamos en combate contra aquellos moros independentistas y los pondríamos en su lugar. Cuantas risas nos marcamos en la cantina esa noche antes de partir hacia Edchera, cuando el cabo Belmonte comenzó a imitar a uno de esos moritos cuando entraban en combate. Que bueno era el cabrón del Cabo (con su permiso). Decía que se quería dedicar a eso del humor como el grande de Gila cuando todo aquello acabase y que nos invitaría a su espectáculo.
¡Maldita sea Alfredo esos moritos de los que se reía el Cabo, nos dieron morraja de la buena ese día y acabaron con casi todos los que estábamos allá abajo en el Saguia. Se cargaron al bueno de Oleaga. ¿Te acuerdas de él? Yo lo ví caer antes que me sacaran de allí.
Recuerdo que unos días antes de lo ocurrido ya sabíamos que pronto saldríamos hacia Edchera en misión de reconocimiento. Se estaban dando algunos problemas con esos del ELN por aquella zona y prestaba conseguir información de primera mano sobre la situación. Creo que nadie se esperaba que aquello se convertiría en una escaramuza en toda regla. Muchos días han sido los que he revisado tranquilo en mi sillón el plan de batalla de aquel día. He leído informes y he buscado información en una cosa que te gustaría llamada internet. Tú siempre fuiste muy moderno por eso te lo digo. A pesar de todo, no dejo de estremecerme con todos los recuerdos y no puedo olvidar lo sucedido por respeto a todos vosotros que dejasteis vuestra vida en la tierra ardiente de aquel infierno angosto.
El corneta tocó diana aquella mañana del 13 de enero de 1958 más pronto de lo normal. Querían que estuviéramos bien apunto cuando se diese la orden de marcha hacia Edchera. Nos levantamos con la presteza que a un legionario le debe de caracterizar y con resaca o sin ella, salimos del catre agitadamente. Todos en el barracón corríamos de un lado para otro preparando nuestro equipo. Si alguien hubiese entrado en ese momento, alguien que no conoce el Ejercito; tal vez hubiese notado cierto jaleo y cierta descoordinación pero se equivocaría. Aquellos legionarios, venidos de muchos rincones de España, extranjeros, con pasado o sin él; se movían como un reloj de esos suizos que dicen son tan precisos. Aunque creo que esta comparación es una estupidez. La legión no tiene comparación a nada ni a nadie; es única y sin igual. Que le den a los suizos y sus relojes.
El Cabo cuartel entró por la puerta del barracón y comenzó a meternos presión. La gente lo notó y todo se aceleró mucho más de lo que ya iba.
—¡Vamos señores quiero ligereza en esos pies me cago en la leche! ¡Os quiero fuera ya mismo y eso es muy tarde! ¡Vamos, vamos, vamos!
Creo que nunca he corrido tanto y me he atado las alpargatas tan rápido como los días que estuve allí en la Legión. Mis manos eran rápidas y precisas, no como ahora que me cuesta buscármela entre los pantalones. Si Driffa, la mora aquella del cafetín del Aaiún, aquella de grandes y rasgados ojos negros que casi nos hacía perder el sentido me viese ahora mismo; creo que se estaría riendo de mi hasta el resto de sus días. La buena de Driffa… cuanto la he echado de menos en la soledad de mis noches. Después de aquel día y tras salir del hospital sin una pierna menos no me atreví a despedirme de ella. Tanto coraje para unas cosas y que débil me sentí aquel día. Tal vez Driffa no me hubiese rehusado pero yo sentía vergüenza de verme de aquella manera tan inútil. Cuando llegué a España, todo cambió y poco a poco me fui escondiendo de mi mismo. Aquella escaramuza destrozó mi vida por completo, me dejó sin ganas de vivir, sin esperanza alguna. Me convirtió en un trasto. Lo siento Alfredo pero no pude tirar adelante. Tendrás que perdonarme.
La mañana se desenvolvió rápidamente y en pocas horas la compañía estaba formada en el patio con los fusiles Mauser, munición y el rancho en la mochila más tiesos que una vela. A la izquierda del patio la 1ª Compañía del Capitán Girón; en el centro la 2ª Compañía de fusiles del Capitán Jáuregui; y la 3ª Compañía del Teniente Vizcaíno; seguido a la izquierda del todo la 5ª Compañía de ametralladoras y morteros del Teniente Barco. Cuatro Compañías de legionarios alzaban sus caras hacia el sol sahariano de la mañana, con la camisa descubierta mostrando el pecho y las medallas que algunos llevamos como un estandarte en la batalla. Cada uno s tenía sus razones para estar allí y cada uno de nosotros, tal vez expiaba sus culpas y pecados de aquella manera. Por unas por otras todos éramos Legión.
El Comandante de la XIII Bandera salió al patio junto al Coronel Mulero. Entonces los Capitanes dieron el, firmes. Los Capitanes dieron novedades al Comandante Rivas y este a la vez se las dio al Coronel. Entonces este lanzó unas palabras al aire que no olvidaré nunca.
—¡Caballeros Legionarios! ¡España os necesita una vez más para gloria de la patria! —hizo un pequeño silencio mientras observaba la formación— ¡Voluntarios!
En ese momento todos a una dimos un paso al frente y mis lágrimas brotaron de mis ojos destellando bajo aquel sol extranjero. Los vítores a España y a la Legión brincaron al aire repetidos tras el Coronel. Después de aquello no hubo más que decir. Estábamos preparados para lo que fuera. Dispuestos a morir por la patria y por el compañero que a nuestro lado luchaba…...

Salimos del Aaiún a eso de las 07:00 de la mañana, el cielo estaba despejado y cierta calma se anticipaba al desastre. A pesar de que marchábamos hacia un posible contacto con los moros independistas y que tal vez la muerte nos saliera al paso sin temor alguno, en nuestro interior crecía el buen ánimo. En la Legión las dudas son un mero pensamiento.
La Columna de vehículos se dispuso en marcha casi paralela al Saguia El Hamra guardando una perfecta estructura de mando en la marcha. El Capitán Jauregui marcaba la vanguardia dando seguridad a la Bandera. En caso de un hostigamiento, la 2ª Compañía daría tiempo y espacio a toda la Bandera para su despliegue y posterior reacción.
La columna avanzaba sin ninguna tregua. Desde el interior del camión, los legionarios hacían alguna que otra broma aligerando la tensión. Recuerdo aquel malagueño que contaba unos chistes muy malos pero que, gracias a su acento, nos hacía reír a carcajadas. Fue uno de esos chistes lo último que escuche de aquel legionario. No a muy tardar oímos disparos. Todos guardamos silencio y desde la cabina del camión el Cabo maldecía sobre unos camellos que al parecer se habían cargado a tiros. Alguien se creía John Wayne. Pero aquello sólo fue el precedente de lo que estaba por llegar. Al poco tiempo escuchamos por la radio anunciar, disparos desde el flanco derecho de la columna proveniente de la Saguia. Los del ELN habían hecho acto de presencia. Todo se aceleró desde ese momento. La radio estalló en un manojo de voces intercambiando ordenes y posiciones. Dentro del camión todos callamos al instante y nos preparamos para el combate. Recuerdo que Oleaga, que venía en nuestro vehículo, estaba tranquilo y miraba hacia el exterior sin casi inmutarse de lo que pasaba. Me fascinaba aquella tranquilidad que tenía mientras tu y yo apretábamos nuestro fusil Mauser como si de nuestra vida costase el perderlo.
Llegó el momento que esperábamos. Aquello por lo que nos entrenaron. El Capitán Jauregui había recibido fuego enemigo desde el Saguia y se adelantaba hacia el cauce. El Cabo Belmonte nos ordenó prepararnos para orden de combate y saltar del vehículo. El camión aceleró su marcha. Desde el interior, pude ver mientras pasábamos a todas velocidad al Teniente Gamborino, que se parapetaba desde su vehículo disparando hacia el fondo del Saguia. Entonces al poco tiempo perdimos de vista la meseta y el resto de la Bandera. Nos adentrábamos dentro del cauce del Saguia. Acto seguido el cabo Belmonte dio la orden y saltamos del vehículo en marcha sin dilación alguna. Aquello se convirtió en una nube de polvo sahariano. Una oleada de legionarios haciendo tierra comenzó a desplegarse. Mi corazón comenzó a latir muy deprisa, mis músculos se tensaron y la adrenalina podía saborearla junto al amargo sabor de la arena del desierto. El Cabo Belmonte dio señales y nos desplegamos hacia el borde del acantilado del Saguia. Nos tiramos cuerpo a tierra e intentamos encontrar algún tipo de cobertura pero aquello era un infierno. Los matojos de esparto eran lo único que podíamos encontrar y los moritos independentistas, azuzaban sus armas contra nosotros parapetados entre las aberturas de las paredes del Saguia sin darnos tregua alguna.
El fuego se hizo intenso y pronto las bajas se hicieron presentes entre nosotros. El tiempo pareció detenerse y lo único que podía escuchar era el silbar de las balas por encima de mis cabeza —te juro que no sé el tiempo que pasamos allá abajo Alfredo—. Nadie se movía de su posición y manteníamos la cabeza lo más gacha posible. Estábamos en mucha desventaja por aquel maldito terreno. Giré mi cabeza para localizarte y mi corazón dio un vuelco al comprobar que una bala había hecho blanco en tu oído y te había atravesado la cabeza. Aquello me dejó sin capacidad de reacción por un momento. Más tarde la furia entró de nuevo en mí y el credo legionario me hizo avanzar. Tal vez estuvieras muerto pero juré vengarte. Recargué mi fusil Mauser como pude y continué disparando sin cesar, mientras las lágrimas brotaban de mis ojos mezclándose con la arena del Saguia.

No ha muy tardar las cosas, cambiaron, y nuestro mando, el Capitán Girón ordenó volver a los camiones para salir de allí, o al menos eso era lo que el Cabo Belmonte nos decía a voz viva. Había cambio de planes. Todos nos vigilábamos de reojo a la espera de las órdenes del cabo para retirarse pero aquella orden no llegó. El Cabo nos ordenó continuar con el fuego de cobertura. El Capitán Girón se retiraba hacia la meseta de arriba y la sección de nuestro Brigada Fadrique, quedábamos allá abajo solos con el Capitán Jauregui y su compañía.
El Brigada Fadrique hizo acto de presencia junto a nosotros pistola en mano acompañado de algunos Cabos y nos hizo una señal de avance. Al principio no comprendí aquella locura pero no tardé en comprenderla. Un centenar de moros se nos venían encima y otros muchos salían de los rincones de la Saguia El Hamra. Debíamos de pararlos y evitar que alcanzaran al resto de la Bandera. Todos nos levantamos y con bayoneta calada, hicimos un contacto tan íntimo con aquellos moros traidores, que de ser aquello rameras, hubiéramos acabado exhaustos de tanto darle a la berga. Aquello fue toda una carnicería. Unos y otros nos acuchillábamos sin menosprecio o nos disparábamos a bocajarro sin ternura alguna. En aquel lugar Dios nos había dado la espalda.
A mi lado el Cabo Belmonte cayó muerto y sus sueños se perdieron en la tierra ardiente. Nuestros hombres estaban sufriendo muchas bajas. El Brigada Fadrique que se encontraba cerca de mi con Oleaga avanzaba sin temor pero en muy poco tiempo el Brigada cambió de opinión y decidió retroceder dando las ordenes oportunas. Los heridos estaban siendo demasiados y debían ser retirados —este fue mi caso Alfredo—. Por desgracia un moro me dio de lleno en la pierna mientras cubría la retirada de un grupo de heridos.
Miré mi pierna y descubrí que sangraba con mucha intensidad. Aquellos cabrones hacían bien su trabajo. Mis sentidos dejaron de ser finos y la confusión me descentró del combate. Busqué mi fusil Mauser desesperadamente entre el polvo y la arena. Debía de seguir con mi cometido. Me arrastré entre los cuerpos de mis compañeros a duras penas. Quería llegar hasta el Brigada Fadrique que luchaba codo con codo con Oleaga pero no pude hacerlo. Varios legionarios me cogieron de los brazos y me retiraron hacia la retaguardia dejándome detrás de los camiones mientras gritaba como un loco que me soltasen —maldita sea Alfredo, te juro que maldije a aquellos hombres por sacarme del campo de batalla pero ellos, al igual que yo, cumplían ordenes de un mando. Y eso no es discutible—.
Allí detrás de los vehículos, impotente y furioso seguía el combate mientras los demás combatían con bravura. Entonces sucedió que, mientras limpiaba mis amargas lágrimas, un avión Heinkel 111 sobrevoló el cauce y la meseta donde estábamos combatiendo. Al poco, volvió a pasar de largo y lanzó un racimo de bombas mucho más allá de nuestra posición. ¡Aquello era una locura! ¿Qué es lo que estaban haciendo? Allí abajo en el cauce toda una compañía y la sección de mi Brigada Fadrique estaba siendo pasada a cuchillo sin clemencia. ¿Por qué lanzaban las bombas más allá de nuestra zona?
Mi tiempo de espectador tocó a su fin. Un camión llegó a la zona donde yo estaba y dos legionarios saltaron del camión para cargar a los heridos según las ordenes del Brigada. Aquello se había acabado para mi y mi corazón comenzaba a envejecer. Desde mi visión del interior del camión junto con una veintena de heridos pude ver como la lucha se encrudecía. A lo lejos, antes de caer inconsciente pude divisar a Oleaga y el Brigada Fadrique caer al suelo. Entonces me maldije para siempre por no haber sido mejor legionario —y te juro Alfredo que eso no a ha cambiado—.
Miré mi pierna por última vez con los ojos nublados y pude ver que la sangre era abundante. Cogí una de mis trinchas y la até a mi pierna para hacer un torniquete. Después, todo quedó en negro y hasta hoy amigo mío todavía sigue así. Triste y sin sentido. Esperando que esa niña malcriada llamada muerte se digne a visitarme. Reescribiendo una y otra vez esta carta como un tormento que nunca acaba, buscando una redención conmigo mismo. Un perdón por fallarte.
Amigo mío, guárdame un sitio en el cielo hasta que Dios me llame.
Hasta pronto Legionario.